Generalmente, cuando vamos a ver al médico con algún
problema de salud, lo que menos deseamos es salir del consultorio con el diagnóstico
de alguna enfermedad. Internamente, creo que todos deseamos que el médico nos
diga… que nos falta alguna vitamina -y que nos indique cómo incorporarla, o que
tenemos un poco bajos/altos los glóbulos rojos y que la solución será comer más/menos
comida con hierro, o que el estrés nos está jugando una mala pasada y que
tenemos que bajar un par de cambios en nuestras vidas, o que tenemos que hacer
más ejercicio, o que tenemos que descansar un poco más, u otras soluciones por
el estilo, que no impliquen ningún cambio importante, sino solo modificaciones
en nuestro estilo de vida.
Salir de una consulta médica con el diagnóstico de
una enfermedad no es –o no debería ser- algo que nadie quiera.
Sin embargo, y aunque pueda sonar extraño, cuando tenés una
enfermedad de baja prevalencia, el hecho de que te diagnostiquen suele ser… un
alivio. Es como lograr un encastre perfecto para un sinnúmero de síntomas que tal
vez te acompañan desde hace mucho tiempo; una explicación coherente y racional
para todos esos extraños o inconexos problemas de salud, que de pronto tienen
un hilo conductor. Significa salir de esa nueva consulta, en un nuevo centro de
salud, con un nuevo médico -que probablemente se suma a una larguísima lista-, pensando:
“¡¡¡Sí!!! ¡Por fin sé lo que me pasa!”.